viernes, 5 de junio de 2020

EL ALIMENTO EMOCIONAL DE LOS NIÑOS SON LOS ABRAZOS



Un abrazo es un acto sencillo y gratuito que nos brinda más beneficios que muchas terapias. El simple hecho de recibir un abrazo nos hace sentirnos protegidos, comprendidos, queridos y reconfortados.
Abrazar es una muestra de afecto y la forma de establecer un vínculo de aceptación hacia otra persona y además, existen tantos beneficios que no deberíamos escatimar en ellos, sobre todo, cuando son los niños quienes los reciben.
Como seres emocionales que somos, el contacto físico es fundamental y constituye una forma de comunicarnos y de expresar sin hablar el afecto que sentimos por una persona.

7 Beneficios del abrazo para los niños 

Son muchos los beneficios desde el punto de vista afectivo y de salud en general, que un fuerte abrazo aporta a los niños.

1. Generan una sensación de protección y seguridad

Les ayuda a sentirse seguros y a tener más confianza en sí mismos. Un niño siempre va a sentirse más seguro cuando recibe abrazos de sus padres y familiares más cercanos. Al recibir un abrazo, el organismo libera oxitocina, una hormona conocida como “la hormona del amor”, que genera una profunda sensación de bienestar.

2. Estimula la autoestima

Abrazar es una forma de decir “te quiero”, “te tengo en cuenta”, “me importas”, y aunque también es necesario que se lo digamos todos los días a nuestros hijos, los abrazos ayudan a reforzar ese sentimiento y a mejorar su autoestima.

3. Fortalece la salud emocional

Un niño que reciba constantemente muestras de afecto a través de los abrazos como hábito cotidiano, será en el futuro una persona sana emocionalmente, capaz de manejar asertivamente los conflictos y no dependerá de terceras personas para afianzarse en sus resoluciones.

4. Refuerzan el sistema inmune

Al recibir o dar un abrazo el sistema inmunológico se activa y aumenta la producción de glóbulos blancos, encargados de luchar contra los agentes infecciosos como virus y bacterias.

5. Niños más felices

Los abrazos activan las endorfinas, responsables de aumentar la sensación de alegría y plenitud y disminuir la de ansiedad o tristeza. Si quieres restablecerle a un niño su alegría y animosidad, bastará con que lo tomes entre tus brazos y lo estreches con mucho amor; para que deje de sentirse triste o decaído. Un buen abrazo le aportará apoyo, comprensión y le reconfortará.

6. Fortalece la unión Familiar

Mejora la unión entre padres e hijos y fomenta el apego en la familia. Inclusive, los niños que se crían en un ambiente donde las manifestaciones de amor son un hábito constante; en el futuro formarán familias con esa misma tendencia. Los vínculos que propician los abrazos crean nexos afectivos cercanos y sinceros, que logran unir a la familia.

7. Reduce la ansiedad y el estrés

El contacto físico reduce la producción de una hormona, cortisol, que favorece el estrés, y aumenta las hormonas encargadas de producir sensaciones de bienestar. No hay nada que llene más a una persona, que la energía que se desprende de un abrazo sincero y motivado por emociones tan positivas como el amor.
El poder del abrazo le hace sentir al niño que no está solo, que tiene a alguien con quien puede contar y le abre el camino para que pueda expresar todo lo que siente; recuperando su equilibrio interior que en los pequeños es un tanto difícil de gestionar.

lunes, 25 de mayo de 2020

Cómo construir una familia feliz: 9 elementos imprescindibles



Jorge Bucay

En el centro está el amor entendido como el compromiso de lograr el bienestar de todos y aceptarlos como son. Si nos amamos así, es probable que estemos en el mejor de los lugares.


Por mucho que algunos se esfuercen en restarle mérito y relativizar su importancia, somos muchos los que sostenemos que la familia no solo es la base incuestionable e irremplazable de cualquier sociedad organizada, sino también el entorno en el cual se gesta el desarrollo integral de las personas.
Todos provenimos de una estructura familiar que nos “enseñó y condicionó” lo que pensamos y creemos acerca de las familias.
Quienes tuvimos la suerte de nacer en una familia funcional hemos crecido más fácil y mejor y hemos registrado en nuestro interior, en la memoria, en el corazón y en cada célula de nuestro cuerpo, la imagen del modelo de familia que puede funcionar.
Pero independientemente de nuestra experiencia previa, la mayoría pretendemos, con más o menos éxito, construir para los nuestros una familia verdaderamente armónica y nutritiva, bajo la guía de padres que leen con sus hijos, hablan con ellos y entre sí, los escuchan y comprenden; pasan momentos felices cuando están todos juntos.
Las familias funcionales o nutritivas, como las llamó Virginia Satir, son capaces de cubrir las necesidades básicas materiales y espirituales de sus miembros. ¿Qué condiciones debe reunir?

Funciona como un equipo

Sus integrantes están unidos, además de por el afecto, por un objetivo común, procurar el bienestar de cada uno de ellos.
En una familia, no todos tienen las mismas capacidades y, en consecuencia, el reparto de las tareas, cuando sea necesario, no debe ser equitativo sino operativo. Se trata de procurar a cada uno lo que necesita pidiéndole lo mejor de aquello en lo que sea más apto. No se intenta, pues, que todos aporten lo mismo, sino de encontrar el mejor resultado.
El trabajo en equipo es el nivel más alto, eficaz y satisfactorio de la interacción entre las personas, y comienza siempre con un aprendizaje fundamental: valorar, y hasta celebrar, las diferencias.
De este modo, aquellos que tienen más capacidades o experiencia tienen también mayor responsabilidad a la hora de buscar el bienestar de cada uno de los demás miembros. De hecho, una de las características más notables de una familia disfuncional es el desorden y la confusión de los roles individuales dentro de la familia: padres que se comportan como niños y niños a los que se les exige como adultos.

Normas y reglas claras

Al igual que en cualquier equipo, si desconozco el lugar en el que juego, se esfuma mi mejor posibilidad de jugar bien. Es en estos casos cuando la frescura, la creatividad, la transparencia de la niñez se aletargan dejando lugar al reparto de culpas, el fracaso garantizado, el resentimiento y el fantasma del desprecio o del temido ridículo.
La existencia de unos límites generacionales claros (padres que se comportan como padres e hijos que se comportan como tales) es una norma en las familias fuertes. Sin embargo, el sometimiento férreo a los esquemas tradicionales de estos roles podría restringir en algunos momentos la realización personal y el crecimiento individual de los miembros.
En las familias funcionales hay reglas que todos conocen y aceptan, pero son flexibles.

La plasticidad evita la rigidez

Una familia afronta constantemente situaciones distintas, tanto por lo que sucede a su alrededor como por los cambios que se producen en su seno, aunque estos solo sean el inexorable crecimiento de sus integrantes.
Una familia que funciona del mismo modo hoy con hijos adolescentes que como lo hacía cuando estos iban al parvulario tiene problemas asegurados.
La plasticidad implica, en el sentido más amplio, la capacidad y preparación para adaptarse a los cambios.

El respeto a la individualidad

Ser un equipo no significa olvidar que somos seres individuales y que tenemos necesidades y deseos de cosas, actividades y vínculos que están, en mayor o menor medida, fuera de la familia. Deseos que, a priori, los demás deberían alentar si ven que comportan felicidad a ese miembro (y no considerarlos una amenaza de desintegración).
Cuando la familia acepta los espacios personales, estos se transforman en un pasaporte al crecimiento del grupo.
En las familias funcionales, cada miembro es diferente del otro y no se le presiona para que se conforme, es respetado por su individualidad y posee el mismo valor como persona que los demás.
En las familias disfuncionales, los miembros no son respetados como individuos únicos y de igual valor que los demás, se les disuade de intentar ser diferentes y se les culpa y avergüenza, cuando menos, por ser “el raro” de la familia.

La comunicación como eje

Dentro y fuera de la familia, la comunicación es básica, no solo como herramienta para la resolución de conflictos y la construcción de acuerdos, también es el modo privilegiado que tenemos de crear lazos entre nosotros.
En las familias funcionales se enseña a los miembros a desarrollar una comunicación honesta y directa, y se motiva a todos a expresar sentimientos, percepciones y necesidades.
En las familias disfuncionales prevalecen la negación y el engaño, el autoritarismo y la escala jerárquica.

La confianza como base

La confianza sobre la que debe basarse una familia es, sencillamente, creer en el otro. Es la convicción de que si me dice algo, es verdad (en el sentido de que él lo cree así).
Algunos padres dicen: “Yo desconfío porque mi hijo miente” y yo los invito a pensar justo lo contrario: quizá él miente porque tú desconfías. Por lo demás, si no quieres que te mientan, no mientas, y menos para salvar la imagen que tus hijos tienen de ti.

La presencia y el apoyo

Podríamos resumir este punto en una frase: “No importa cuál sea el problema, puedes contar siempre con nosotros porque somos tu familia”.
Los vínculos se ven fortalecidos, más que nada, por los tiempos compartidos, el paso de los días, las rutinas, las cosas supuestamente insignificantes que se disfrutan en compañía.
Quizá la familia se define más que ningún otro vínculo por el hecho de que compartimos la cotidianidad.

Cuidar la autoestima

Una buena autoestima familiar no solo consiste en que cada uno se sienta valioso de ser quien es dentro y fuera de ese entorno, sino también en que la familia se vea fortalecida, orgullosa, por la buena opinión que cada uno de sus miembros tiene de ella como grupo humano.
Está de más decir que esto solo es viable si se origina en una buena autoestima de papá y de mamá y en un excelente vínculo entre ellos como pareja.
“Solo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: raíces y alas”. Hodding Carter

Y en el centro, el amor

El amor, entendido aquí como el regocijo por la existencia y el decidido compromiso de lograr el bienestar de cada uno de mis familiares. El amor como una profunda satisfacción de que el otro trabaje para ser la mejor versión de sí mismo que pueda.
El amor como la disposición suprema a aceptar al otro tal como es, sin querer cambiarlo para que sea como a mí me convendría.
Da todo el amor que tengas y ábrete a recibir el de los demás. Si dentro de una familia conseguimos amarnos así, es muy probable que estemos en el mejor de los lugares para desarrollar todas las otras claves de las que aquí se ha hablado y de las que el futuro nos presente.

Fuente: https://www.cuerpomente.com/psicologia/hijos/como-construir-familia-feliz-nutritiva_4634

La importancia de pedir disculpas a tus hijos cuando te equivocas





Ofrecer disculpas es una gran lección de humildad. Pedir perdón implica reconocer que como todo ser humano te equivocas, que no eres infalible y que tienes cientos de defectos que corregir. Pedir disculpas te engrandece como persona, pero para completar el círculo de aprendizaje es necesario que enmiendes de manera consecuente los errores que cometes, de lo contrario con el tiempo tus palabras sonarán vacías.
Ser mamá te hace un mejor ser humano. Quizás, esto ocurre porque nunca antes estuviste tan enamorada ni tan compenetrada con alguien tan inocente e indefenso como un niño. Nunca antes te sentiste tan responsable por alguien, mucho menos por una persona tan perfecta y tan bella como tu hijo y eso sin duda invita a crecer por dentro.
Este crecimiento supone superar retos y madurar, una tarea a la que se enfrentan a diario los padres, quienes como todos los seres humanos a veces se equivocan y pueden gritar o juzgar mal a sus hijos, por ejemplo. A veces pasa, sin querer, pero pasa. Por eso es importante que pidas disculpas cuando te equivocas.
Es indispensable hacerlo. No se trata de una mera formalidad sino más bien de un acto con el que le aportas a tus hijos, entre otros aspectos, seguridad, confianza, reconforte, empatía y asertividad. Además, los ayudas a integrar el perdón como herramienta personal.


Pedir disculpas es dar un paso adelante

Ofrecer disculpas no debe ser nunca un acto vacío, a través del cual pronuncias palabras como: lo siento mucho, disculpa. Y ya. No se trata de eso sino de reconocer que te equivocaste y de mostrarle a tus hijos que se pueden enmendar los errores de manera activa si se desea.
Una de las lecciones más importantes de disculparse es que es posible aprender de los errores. Aunque te equivoques hay posibilidades de mejorar y de actuar de manera distinta en una futura oportunidad.
Rectificar es de sabios, dice el refrán; y para poder hacerlo es necesario aprender de él y modificar la actitud que te empuja a actuar de manera inadecuada. Eso te ayudará a ver los errores como un elemento pedagógico, lo cual no solo te aportará valiosas lecciones a ti sino también a tus hijos.

El respeto y la coherencia son valores importantes para todos los padres

Saber  decir «me equivoqué y voy a intentar enmendarlo», es una muestra ejemplar de respeto hacia tu hijo como ser humano. Cuando eres capaz de reconocer que te equivocaste y de pedir disculpas a esa persona tan pequeñita le demuestras a través del respeto el amor que sientes por él.
Pedirle disculpas a tus hijos cuando te equivocas te hace un padre consciente, te hace un padre responsable y te hace un padre abierto a revisarse por dentro. Y es que esta revisión surge la reflexión de que no eres infalible, que cometes errores y que como, la mayoría de los seres humanos, quieres mejorar.
La experta en crianza con apego Rosa Jove cuenta en uno de los capítulos de su libro Ni rabietas ni conflictos que le asombra saber que muchos padres nunca han intentado pedirle disculpas a sus hijos. Ella resalta la importancia de hacerlo porque eso ayuda a los padres a reconocer a sus hijos como seres humanos independientes, quienes como cualquier otra persona merecen ser respetados cuando se le juzga mal o se les grita sin querer, por ejemplo.



Sin embargo, resalta que es mucho más ejemplarizante ser un padre coherente, uno que practica lo que predica. Esta es una de las reglas más importantes de una educación basada en el respeto. Y ser coherente, amplía la experta, no tiene nada que ver con que en casa hayan diferentes opiniones sobre algún acontecimiento o tema; al contrario, resulta muy enriquecedor cuando en el seno de una familia cada quien puede expresar de manera libre lo que piensa sobre algún hecho.
No obstante, las opiniones no tienen nada que ver con la coherencia. Ser coherente se trata de actos, se trata de predicar con el ejemplo. Un padre coherente no es aquel que tiene opiniones diferentes sobre un acontecimiento sino uno que respeta a través de sus acciones y de su estilo de vida el cumplimiento de las normas y los valores que rigen su hogar.

Fuente: https://eresmama.com/la-importancia-de-pedir-disculpas-a-tus-hijos-cuando-te-equivocas/

Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Fermín Toro (2001-2006). Zuleyvic Adriana Cuicas tiene 12 años de experiencia como redactora y editora de textos. Durante casi 10 años trabajó en el periódico venezolano “El Informador”. Fue subeditora de “Barquisimeto”, una de las secciones más importantes del periódico. Tuvo a su cargo la edición de textos y la coordinación del equipo editorial, ocho periodistas. En el año 2017 escribió dos crónicas periodísticas para el sitio web “La vida de nos”. Actualmente trabaja como gestora de las redes sociales. Tiene su propio blog.